Requiem por la periodista cubana Lazara Rodriguez Aleman

Lazara Rodriguez Aleman con il critico d'arte Massimo Olivetti ed il giornalista e creativo cubano Adonis Sanchez Cervera al Callejon de Amel nel maggio del 2006
Lázara Rodríguez Alemán con il critico d’arte Massimo Olivetti ed il giornalista e creativo cubano Adonis Sánchez Cervera al Callejon de Hamell di L’Avana nel maggio del 2006- foto Maria Giulia Alemanno©

Lázara Rodríguez Alemán era una grande giornalista ed una donna speciale. Se n’è andata un giorno di dicembre, lasciando la sua Avana avvolta nel caldo dei tropici.

Ho chiesto ad Adonis Sánchez Cervera, il giovane giornalista e creativo cubano a cui, con grande affetto, ha svelato negli ultimi anni i segreti del mestiere, di ricordarla per noi. Ecco il suo ritratto lucido e tenero di un’amica meravigliosa.

Réquiem por la periodista cubana Lázara Rodríguez Alemán

Por: Adonis Sánchez Cervera

Maria Giulia Alemanno, la gran artista de la plástica italiana y hermana lejana pero entrañable, me ha pedido redactara mis memorias sobre esa gran mujer que compartimos como amigos: Lázara Rodríguez Alemán. Ibbaé baén tonú, para que en la liturgia yoruba, descanse en paz.
La pérdida aún es reciente, pero no podía faltarle a Lela (Maria Giulia) que ha tenido la feliz idea de hacerle este sencillo homenaje. Hinco mis codos sobre la mesa, y gracias al ordenador, intento devolver a Lázara a la vida:
Fue en el departamento de Diseño del periódico en el que trabajo como ilustrador: el Tribuna de La Habana, donde la conocí. Entonces era la encargada o responsable del boletín El Clarín, una publicación de tema histórico destinada a los antiguos combatientes de la Revolución Cubana. Los primeros diálogos fueron formales; pero después de que leyera una crónica que publiqué sobre el Callejón de Hamell, y disertáramos acerca del tema del momento: las iyánifá; nos hicimos amigos. Luego vino la invitación a su casa, el teléfono, el intercambio de materiales, visitas a actividades y exposiciones, el internet.
Lázara fue una mujer apasionada que no paraba de hablar de su historia, la de Cuba; del periodismo y la necesidad de que los periodistas estudiaran, se superaran y redactaran bien, que la noticia es tan importante como los trabajos de género: el reportaje, la entrevista, del compromiso del periodista con la Revolución y sus principios; de la lucha clandestina; su periplo por los países del cuerno africano. El Ché como héroe de carne y hueso, recio y solidario. Se enorgullecía de haber sido la primera corresponsal mujer que visitara África en los 60, cuando trabajaba para Prensa Latina. Allí vivió los desastres y la injusticia de la guerra, pero también conoció de la cultura bantú y su importante influjo en la cultura cubana, de ahí que acunara el sueño junto a su amigo Víctor Dreke, de crear una antena de esa cultura en la Isla.
Estuvo en Ilé Ifé la ciudad sagrada de Nigeria, en la cuna de la civilización yoruba. Nadie como ella relataba apasionadamente sobre las tallas en madera, las tradiciones y fiestas, los cultos a los que les era permitido entrar por ser “una favorecida de Orunmila y Oloddumare”. Desafiando los prejuicios de género, acechada por el peligro, aquella mulata irreverente, incansable; llamada por los nativos como Madame Coño en esas ocurrencias propias de su carácter alegre y jaranero; impartió la docencia sobre periodismo en Angola; se hizo doctora en pedagogía porque su primera profesión fue maestra.
Dos operaciones a corazón abierto, le marcaban una línea en el centro del pecho. Lucía su pelo blanco sin que importara develar los años que supo vivir y servir siempre a la patria, consecuente con su pensamiento de revolucionaria militante e irreversible; su mirada era de una muchacha atenta, deseosa de aprender siempre algo nuevo, pero el tiempo hacía estragos bajo sus carnes flácidas, y la huella de una humildísima niñez acogió la enfermedad que le pondría fin a su existencia. Lázara se decía hija de Yemayá en su imaginería sincrética, no profesaba ninguna religión, pero estuvo rodeada de ese culto al que respetó con más devoción que sus propios practicantes. En más de una ocasión abogó por la emancipación de la mujer en ese medio, y por luchar contra los vestigios machistas que delimitan ciertos rangos genéricos. Fue cariñosa, afable, pero implacable ante lo mal hecho. Hablaba muy bien el portugués y el inglés.
A su lado el compañero de toda la vida: Armando, de quien se quejaba por ser majadero pero excepcional por haberla aguantado en más de 50 años de matrimonio. Los hijos, los nietos, las amigas de la vida. Siempre evocando, y no fui capaz de prever que más allá de un discurso narcisista, titilaba una alerta porque la vida ya se le estaba acabando.
A su apartamento de la calle San Lázaro esquina Infanta, en Centro Habana, fui innumerables de veces. Desde el balcón se divisa la Universidad de La Habana, con el Alma Máter que una vez la acogió entre sus brazos; al oeste el litoral habanero le traía la brisa fría. Era un espacio de quietud, de paz, y también de encuentro con su afán de polilla devoradora de libros, los cuales aparecían por todos lados: en el comedor, la cama del cuarto de los visitantes estaba rodeada por cajas de libros; sobre el mueble de la cocina, en el baño, la sala. Las paredes algunas estaban adornadas con máscaras rituales, algunas esculturas, provenientes de sus viajes. Desde los clásicos como Fernando Ortiz, Rómulo Lachateñeré, Joel James Figarola, una colección sobre libros del proceso revolucionario cubano hasta mapas y revistas en portugués sobre el continente africano. Eran el canal que la mantenía conectada siempre a la tierra de su inolvidable amigo Amílcar Cabrales, de las ngangas ancestrales y los ritos mágicos. Lázara sentía gran amor por los animales domésticos, de ahí sus tres perros salchichas.
A Lázara la conocían muchas personas y la llamaban de todas partes, desde los vecinos, los que viven en el solar de Cayo Hueso donde ella nació y el cual visitaba indistintamente para encontrarse con sus raíces, hasta embajadores y presidentes del continente africano con los que tuvo que intercambiar alguna vez en su incesante búsqueda de la noticia. Desde el Centro de Antropología, la Casa de África en La Habana, hasta la Casa del Caribe en Santiago de Cuba. Guardaba muchos recuerdos de su paso fundacional por la Unión de Periodistas de Cuba, los difíciles primeros años de la Revolución, su participación en la creación de la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana. Alguna que otra vez visitaba los pocos amigos de los años que le quedaban, colaboraba activamente con Radio Progreso, su quehacer marcó parte de la historia de Prensa Latina, en Radio Reloj fue su directora, atendía a la Asociación Yoruba de Cuba. Era un pequeño huracán, muy pocas veces había tiempo para pensar en el descanso y mucho menos en el retiro.
Hoy todavía me parece incierto que ella no esté presente. Hubo momentos en que llegaba a su casa luego de haber confirmado por teléfono mi visita, y su esposo me abría la puerta explicándome que había tenido que salir porque la llamaron para uno u otro trabajo, así prefiero recordarla: siempre activa, alegre. Diciéndome mi negro, alentándome cuando las cosas no iban bien. Siempre desapercibida por su timidez, pero admirada y respetada por todos.
Con su desaparición no solo perdemos una gran mujer sino que se cierra una página de la historia del periodismo y el internacionalismo cubano. Solo nos queda a los que aprendimos a quererla con sus virtudes y defectos, mantener su legado vivo como la llama eterna. Amén.

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